Especial Halloween con el Diablo, Jack O’Lantern y nuestras calabazas

Es difícil no simpatizar con el gracioso borrachín irlandés que se metió al Diablo en el

bolsillo. Era malvado. Sí, ¿y qué? Mañana por la noche se celebra Halloween. Hoy aquí

os contaremos la verdadera historia.

 

Todo comenzó cuando el Diablo –apartad a los niños de la pantalla, gracias– se enteró

de que había alguien tan malo como él, de nombre Jack. Nunca pensó que fuese

a salirle competencia, y menos con ese nombre tan ridículo; la noticia lo pilló por

sorpresa. Muy contento (o muy enojado, el Diablo no tiene término medio) fue a ver

a este principiante en el antiguo arte de hacer el mal, y ahí estaba Jack, bebiendo

cerveza en un rincón, en una taberna irlandesa. El Diablo se le sentó delante. Tras

intercambiar algunas palabras y comprobar que estaba ante un auténtico perverso, el

Diablo se presentó. Jack entendió entonces que venía a buscar su alma. No se resistió.

Le pidió, eso sí, que le invitase una última cerveza. Al Diablo le pareció casi tierno, y

se transformó en una moneda para pagar la ronda. Jack se guardó la moneda en el

bolsillo, junto con un crucifijo que llevaba, y se escabulló de la taberna sin pagar. El

Diablo, que estaba aterrado por la compañía del crucifijo, le exigió que lo sacara. Jack

le dijo que por supuesto, siempre que antes le prometiera dejarlo en paz un año más.

El Diablo se lo prometió. Jack lo sacó de su bolsillo y el Diablo desapareció.

 

El año pasó. El Diablo volvió, y esta vez lo encontró a Jack con hambre, intentando

coger (¡Una calabaza! No, aún no, no seas impaciente) una manzana, de un árbol. Jack

notó la presencia del Diablo detrás, pero tenía hambre, y apenas miedo. Sin mirarlo

le dijo que vale, que se entregaba, pero que como último deseo le concediera una

de esas dichosas manzanas del árbol, que tenían tan buena pinta. El Diablo accedió

a trepar, y cuando quiso bajar resultó que el astuto de Jack había garabateado una

cruz en el tronco del árbol, por lo que tuvo que quedarse arriba. Esta vez Jack le hizo

prometer que nunca lo encerraría en el Infierno. El Diablo tuvo que aceptar.

 

Un buen día Jack murió. Y esto fue lo que pasó: subió al cielo, donde le dijeron que

ahí no entraba. Jack le respondió, de buen humor: “No se preocupe señora, o señor.

Que tengo un colega en el Infierno”. Pero al llegar al Infierno el Diablo le recordó su

promesa, y no lo dejó entrar tampoco. “¿Qué voy a hacer entonces? ¿No éramos

amigos?”, preguntó Jack. Como única respuesta el Diablo le arrojó un carbón candente

del Infierno y le cerró la puerta en la cara. En la oscuridad (se ve que estaba oscuro)

Jack puso el carbón en un nabo que tenía, y lo usó a modo de linterna, para iluminar

el camino. Desde entonces deambula por el mundo la madrugada del 1 de noviembre,

alumbrando su camino con el carbón del Infierno, y lo conocen como Jack O’Lantern

(Jack of the lantern / Jack, el de la linterna).

 

Y colorín colorado, con calabazas o sin ellas la historia ha terminado.

 

¿De dónde salen entonces las calabazas?

Durante la hambruna irlandesa de 1840, muchas familias emigraron a Estados Unidos,

llevándose consigo sus tradiciones, Halloween entre ellas. Pero cuando llegaron se

encontraron con que las calabazas eran más fáciles de agujerear y daban más luz.

Además, podían crearse cabezas más espeluznantes.

 

Si últimamente están de moda es porque pocas hortalizas son tan agradecidas como

la calabaza. Apenas aporta calorías y sí un sabor, textura y color inconfundibles. Cunde

mucho y puedes preparar tanto platos dulces como salados.

 

¿Se le puede pedir más? Ah, sirven para decorar la casa en Halloween y recordar el

espíritu del astuto Jack O’Lantern.

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